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jueves, julio 22, 2010

Una gallina / Clarice Lispector

[Cuento. Texto completo]
Clarice Lispector


Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.


Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.
Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!
Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.


Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.
Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los gritos:
-¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!


Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
-¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
-¡Y yo tampoco -juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros.
Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡"Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!" La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.
Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.
Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.
Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los años.
 
FIN

miércoles, agosto 19, 2009

El huevo o la gallina

Clarice Lispector

De mañana en la cocina veo sobre la mesa un huevo.
Miro el huevo con una sola mirada. Inmediatamente percibo que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo nunca se mantiene en el presente: mal veo un huevo y ya me parece haberlo visto hace tres milenios. En el propio instante de verse un huevo él ya es el recuerdo de un huevo. Sólo ve el huevo quien ya lo haya visto. Al ver el huevo ya es demasiado tarde: huevo visto, huevo perdido. Ver el huevo es la promesa de un día llegar a ver el huevo. Mirar breve e indivisible; si es que hay pensamiento; no hay, lo que hay es un huevo. Mirar es el instrumento necesario que, después de usado, arrojaré fuera. Me quedaré con el huevo. El huevo no tiene un si-mismo. Individualmente él no existe.

Ver el huevo es imposible: el huevo es supervisible, así como hay sonidos supersónicos. Nadie es capaz de ver el huevo. ¿El perro ve el huevo? Solamente las máquinas ven el huevo. Cuando yo era antigua un huevo se posó en mi hombro. El amor por el huevo tampoco se siente. El amor por el huevo es supersensible. La gente no sabe que ama al huevo. Cuando yo era antigua fui depositaria del huevo. Cuando morí, me quitaron de adentro el huevo, con cuidado. Todavía estaba vivo. Sólo quien viera el mundo vería el huevo. Como el mundo, el huevo es obvio.

El huevo no existe más. Como la luz de la estrella ya muerta, el huevo propiamente dicho no existe más. Tú eres perfecto, huevo. Tú eres blanco. A ti te dedico el comienzo. A ti te dedico la primera vez.

Al huevo le dedico la nación china.
El huevo es una cosa suspendida. Nunca se posó. Cuando se posa, no es él quien se posó. Fue una cosa que quedó debajo del huevo. Miro el huevo, en la cocina, con una atención superficial para no quebrarlo. Tomo el mayor cuidado para no entenderlo. Siendo imposible entenderlo, sé que si yo lo entiendo es porque estoy equivocándome. Entender es la prueba del error. Entenderlo no es el modo de verlo. Jamás pensar en el huevo es un modo de haberlo visto. ¿Sabré algo del huevo? Es casi seguro que sí. Así: existo, luego sé. Lo que yo no sé del huevo es lo que realmente importa. Lo que yo no sé del huevo me lo da el huevo propiamente dicho. La luna está habitada por huevos. El huevo es una exteriorización. Tener una cáscara es darse. El huevo desnuda la cocina. Hace de la mesa un plano inclinado. El huevo expone. Quien se interna en el huevo, quien ve más que la superficie del huevo, está queriendo otra cosa: está con hambre. El huevo es el alma de la gallina.

La gallina torpe. El huevo seguro. La gallina asustada. El huevo seguro. Como un proyectil parado. Pues huevo es huevo en el espacio. Huevo sobre azul. Yo te amo, huevo. Yo te amo como una cosa que ni siquiera sabe que ama a otra cosa.

No lo toco. Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir para la vida mundana, y yo necesito de la yema y de la clara. No lo toco. Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir para la vida mundana, y yo necesito de la yema y de la clara. El huevo me ve. ¿El huevo me idealiza? ¿El huevo me medita? No, el huevo paenas me ve. Está libre de la comprensión que hiere. El huevo nunca luchó. El es un don. El huevo es invisible al ojo desnudo. De huevo a huevo se llega a Dios, que es invisible al ojo desnudo. El huevo habrá sido quizá un triángulo que de tanto rodar en el espacio se fue ovalando. El huevo es básicamente un jarro. ¿Habrá sido el primer jarro moldeado por los etruscos? No. El huevo es originario de Macedonia. Allí fue calculado, fruto de la más penosa espontaneidad. En las arenas de Macedonia un hombre con una vara en la mano lo diseño. Y después lo borró con el pie desnudo. El huevo es una cosa con la que es necesario tener cuidado. Por eso la gallina es el disfraz del huevo.

La gallina existe para que el huevo atraviese los tiempos. Una madre es para eso. El huevo vive siempre huyendo por estar siempre adelantado a su época. Por lo tanto, por el momento el huevo será siempre revolucionario. El vive adentro de la gallina para que no lo nombren blanco. El huevo es realmente blanco. No porque eso le haga mal a él, pero sí a las personas que lo llaman blanco, porque mueren para la vida. Llamar blanco a aquello que es blanco puede destruir a la humanidad. Una vez un hombre fue acusado de lo que él era, y fue llamado Aquel Hombre. No habían mentido: era El. Pero hasta hoy aún no nos recuperamos, unos después de otros. La ley general para continuar vivos: se puede decir “un lindo rostro”, pero quien diga “el rostro”, muere; por haber agotado el tema.

Con el tiempo el huevo se tornó un huevo de gallina. No lo es. Pero, adoptado, le usa el sobrenombre. Debe decir “el huevo de la gallina”. Si se dijera apenas “el huevo” el tema se agota y el mundo queda desnudo. Con relación al huevo, el peligro está en que se descubra lo que se podría llamar belleza, esto es, su veracidad. La veracidad del huevo no es verosímil. Si la descubren pueden querer obligarlo a tornarse rectangular. (Nuestra garantía es que él no puede:
no puede, esa es la gran fuerza del huevo: su grandiosidad viene de la grandeza de no poder, que se irradia como un no querer.) pero quien luchase por tornarlo rectangular estaría perdiendo la propia vida. El huevo nos pone, por lo tanto, en peligro. Nuestra ventaja es que el huevo es invisible. Y en cuanto a los iniciados, los iniciados disfrazan el huevo.

En cuanto al cuerpo de la gallina, el cuerpo de la gallina es la mayor prueba de que el huevo no existe. Basta mirar a la gallina para que se torne obvio que es imposible que el huevo exista. ¿Y la gallina? El huevo es el gran sacrificio de la gallina. El huevo es la cruz que la gallina carga en la vida.

El huevo es el sueño inalcanzable de la gallina. La gallina ama al huevo. Ella no sabe si el huevo existe. ¿Si supiera que tiene en sí misma un huevo, ella se salvaría? Si supiera que tiene en sí misma el huevo, perdería el estado de gallina. Ser una gallina es la sobrevivencia de la gallina. Sobrevivir es la salvación. Pues parece que vivir no existe. Vivir lleva la muerte. Entonces lo que la gallina hace es estar permanentemente sobreviviendo. Sobrevivir se llama a mantener lucha contra la vida que es mortal. Ser una gallina es eso. La gallina tiene un aire confundido. Es necesario que la gallina no sepa que tiene un huevo. Si no ella se salvaría como gallina, lo que tampoco es garantía, pero perdería el huevo. Entonces ella no sabe. Para que el huevo use a la gallina es necesario que la gallina exista. Ella estaba sólo para cumplir, pero le gustó.

El desaparecer de la gallina viene de eso; gustar no formaba parte del nacer. Gustar de estar vivo duele. En cuanto a quién vino antes, fue el huevo el que encontró a la gallina. La gallina ni siquiera fue llamada. La gallina es directamente una elegida. La gallina vive como en sueño. No tiene sentido de la realidad. Todo el gusto de la gallina surge de que siempre están interrumpiendo sus movimientos. La gallina es un gran sueño. La gallina sufre de un mal desconocido. El mal desconocido de la gallina es el huevo. Ella no sabe explicarse: “sé que el error está en mí misma”, ella llama error a su vida, “no sé más lo que siento”, etc. “Etc., etc., etc.”, es lo que cacarea el día entero la gallina. La gallina tiene mucha vida interior. Para decir la verdad, la gallina solamente tiene vida interior. Nuestra visión de su vida interior es lo que nosotros llamamos “gallina”. La vida interior de la gallina consiste en actuar como si entendiese. Cualquier amenaza hace que ella grite escandalosamente, hecha una loca. Todo eso para que el huevo no se quiebre dentro de ella. El huevo que se quiebra adentro de una gallina es como sangre.

La gallina mira el horizonte. Como si de la línea del horizonte viniera llegando un huevo. Fuera de ser un medio de transporte para el huevo, la gallina es tonta, desocupada y miope.
¿Cómo podría entenderse la gallina si ella es la contradicción del huevo?. El huevo es aún el mismo que se originó en Macedonia. La gallina es siempre la tragedia más moderna. Está siempre inútilmente a la par. Y continúa siendo redibujada. Todavía no se encontró la forma más adecuada para una gallina. Mientras mi vecino atiende el teléfono él redibuja la gallina con lápiz distraído. Pera para la gallina no hay sentido: está en su condición no servirse a sí misma. Siendo, sin embargo, su destino más importante que ella, y siendo su destino el huevo, su vida personal no nos interesa.

Dentro de sí la gallina no reconoce al huevo pero fuera de sí tampoco lo reconoce. Cuando la gallina ve al huevo piensa que está liando con una cosa imposible. Y con el corazón golpeando, con el corazón golpeando tanto, ella no lo reconoce.

De repente miro al huevo en la cocina y sólo veo en él la comida. No lo reconozco, y mi corazón late. La metamorfosis se está produciendo en mí: comienzo a no poder mirar más al huevo. Fuera de cada huevo particular, fuera de cada huevo que se come, el huevo no existe. Ya no consigo creer más en un huevo. Estoy cada vez más sin fuerza para creer, estoy muriendo, adiós, miré demasiado a un huevo y él me fue adormeciendo. La gallina no quería sacrificar su vida. La que optó por querer ser “feliz”. La que no se daba cuenta que si se pasaba la vida dibujando al huevo adentro de ella como en una iluminación, estaría sirviendo para algo. La que no sabía perderse a sí misma. La que pensó que tenía plumas de gallina para cubrirse porque tenía una piel preciosa, sin entender que las plumas eran exclusivamente para suavizar la travesía al cargar el huevo, porque el sufrimiento intenso podría perjudicarlo. La que pensó que el placer le era un don, sin percibir que era para que ella se distrajera totalmente mientras nacía el huevo. La que no sabía que “yo” es apenas una de las palabras que se dibujan cuando se atiende el teléfono, simple intento de buscar una forma más adecuada. La que pensó que “yo” significaba tener un sí-mismo. Las gallinas perjudiciales al huevo son aquellas que son un “yo” sin tregua. En ellas el “yo” es tan constante que ellas ya no pueden más pronunciar la palabra “huevo”.
Pero ¡quién sabe! Era de eso mismo que necesitaba al huevo. Pues si ellas no estuvieran tan distraídas, si prestasen atención a la gran vida que se hace adentro de ellas, complicarían al huevo.

Comencé a hablar de la gallina y ya hace mucho que no estoy hablando de la gallina. Pero todavía estoy hablando del huevo. Es que no entiendo al huevo. Sólo entiendo al huevo roto: cuando lo quiebro en la sartén. Y es de este modo indirecto como me ofrezco a la existencia del huevo: mi sacrificio es reducirme a mi vida personal. Hice de mi placer y de mi dolor mi destino disfrazado.

Y tener apenas la propia vida es, para quien ya vio al huevo, un sacrificio. Como aquellos que, en el convento, barren el suelo y lavan la ropa sirviendo sin la gloria de la función mayor, mi trabajo es el de vivir mis placeres y mis dolores. Es necesario que yo tenga la modestia de vivir. Tomo otro huevo en la cocina, le quiebro la cáscara y la forma. Y a partir de este instante exacto nunca existió un huevo. Es absolutamente indispensable que yo sea una ocupada y una distraída. Soy indispensablemente uno de los que reniegan. Hago parte de la masonería de los que vieron una vez el huevo y reniegan de él como forma de protegerlo. Somos los que se abstienen de destruir, y en eso se consumen.

Nosotros, agentes disfrazados y distribuidos por las funciones menos reveladoras, a veces nos reconocemos. Por un cierto modo de mirar, una cierta manera de dar la mano, nosotros nos reconocemos, y a eso llamamos amor. Y entonces no es necesario el disfraz aunque no se hable, tampoco se miente aunque no se diga la verdad, tampoco ya es necesario disimular. El amor existe cuando es concedido participar un poco más. Pocos quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo demás. Y pocos soportan perder todas las otras ilusiones. Están los que se hacen voluntarios por amor, pensando que el amor enriquecerá la vida personal. Y es lo contrario: el amor es finalmente la pobreza. Amor es no tener. Inclusive, amor es la desilusión de lo que se pensaba que era amor. Y no es premio, por eso no envanece, el amor no es premio, es una condición concedida exclusivamente para aquellos que, sin él, corromperían al huevo con el dolor personal. Eso no hace del amor una excepción honrosa; él es exactamente concedido a los malos agentes, a aquellos que complicarían todo si no les fuera permitido adivinar vagamente. A todos los agentes les son dadas muchas ventajas para que el huevo se haga. No es el caso de tener envidia ya que, inclusive algunas de las condiciones peores que las de los otros, son apenas las condiciones ideales para el huevo. En cuanto al placer de los agentes, ellos también lo reciben sin orgullo. Viven austeramente todos los placeres: inclusive es nuestro sacrificio para que el huevo se haga. Ya nos fue impuesta, inclusive, una naturaleza totalmente adecuada al mucho placer. La que lo facilita. Por lo menos torna menos penoso el placer.

Hay casos de agentes que se suicidan; les parecen insuficientes las poquísimas instrucciones recibidas, y se sienten sin apoyo. Hubo el caso del agente que se reveló públicamente como tal porque le fue intolerable no ser comprendido, y él ya no soportaba carecer del respeto ajeno: murió atropellado cuando salía de un restaurante. Hubo otro que ni necesitó ser eliminado: él mismo se consumió lentamente en su rebelión, rebelión que vino cuando descubrió que las dos o tres instrucciones recibidas no incluían ninguna explicación. Hubo otro, también eliminado, porque creía que “la verdad debe ser dicha valientemente”, y en primer lugar comenzó a buscarla; de él se dijo que murió en nombre de la verdad, pero el hecho es que él apenas si estaba dificultando la verdad con su inocencia; su aparente coraje era apenas tontería, y su deseo de lealtad era ingenuo porque no había comprendido que ser leal no es ser limpio, ser leal es ser desleal para con todo el resto.

Esos casos extremos de muerte no lo son por crueldad. El porque hay un trabajo, digamos, cósmico que debe ser realizado, y los casos individuales infelizmente no pueden ser tomados en consideración. Para los que sucumben y se tornan individuales existen las instituciones, la caridad, la comprensión que no discrimina motivos, nuestra vida humana, en fin. Los huevos estaban en la sartén, y sumergida en el sueño preparo el desayuno. Sin ningún sentido de la realidad, grito a los chicos que brotan de varias camas, arrastran sillas y comen, y el trabajo del día amanecido comienza gritado, reído y comido clara y yema, alegría entre peleas, día que es nuestra sal y nosotros somos la sal del día, vivir es extremadamente tolerable, vivir ocupa y distrae, vivir hace reir.

Y me hace sonreir en mi misterio. Mi misterio es que yo soy apenas un medio, y no un fin, me han dado la más maliciosa de las libertades: no soy tonta y aprovecho. Inclusive hago un mal a los otros. El falso empleo que me dieron es para disfrazar mi verdadera función, y yo aprovecho el falso empleo y de él hago el mío verdadero: inclusive, el dinero que me dan como “diaria” para facilitar mi vida de modo que el huevo se haga, porque ese dinero ha sido usado por mí para otros fines, y últimamente compré acciones de la Brama y ahora soy rica. A todo eso aún llamo tener la necesaria modestia de vivir. Y también el tiempo que me dieron, y que nos dan apenas para que en el ocio honrado el huevo se haga, pues he usado ese tiempo para placeres ilícitos y dolores ilícitos, enteramente olvidada del huevo.

Esta es mi simplicidad. ¿O es eso mismo lo que ellos quieren que me suceda, exactamente para que el huevo se cumpla? ¿Es libertad, o estoy siendo mandada? Porque vengo notando que todo lo que es error mío viene siendo aprovechado. Mi rebelión nace porque para ellos yo no soy nada, soy apenas preciosa: ellos cuidan de mí segundo por segundo, con la más absoluta falta de amor; soy apenas preciosa. Con el dinero que me dan últimamente ando bebiendo. ¿Abuso de confianza? Pero es que nadie sabe cómo se siente por dentro aquel cuyo empleo cosiste en fingir fue está traicionando, y que termine creyendo en la propia traición. Cuyo empleo consiste diariamente en olvidar. Aquel de quien es exigida la aparente deshonra. Ni siquiera mi espejo refleja ya un rostro que sea mío. Yo soy un agente, o bien soy la misma traición.

Pero duermo el sueño de los justos por saber que mi vida fútil no complica la marcha del gran tiempo. Por el contrario: parece que se exige de mí que sea extremadamente fútil, es exigido de mí, inclusive que yo duerma como un justo. Ellos me quieren ocupada y distraída y no les importa cómo. Pues, con mi atención equivocada y mi grave tontería, yo podría complicar lo que se está haciendo a través de mí. Es que yo misma ¡yo misma! Sólo he servido para complicar. Lo que me revela que quizá yo sea un agente es la idea de que mi destino me sobrepasa: por lo menos eso ellos tuvieron que dejarme adivinar, yo era de aquellos que harían mal el trabajo si por lo menos no adivinaran un poco; me hicieron olvidar lo que me dejaron adivinar, pero vagamente me quedó la noción de que mi destino me sobrepasa, y de que soy un instrumento del trabajo de ellos. Pero de cualquier modo yo podría ser sólo un instrumento, pues el trabajo no podría ser mío. Ya traté de establecerme por mi propia cuenta y no salió bien; hasta hoy me quedó esta mano trémula. Si yo hubiera insistido un poco más habría perdido para siempre la salud. Desde entonces, desde esa malograda experiencia, procuro razonar de esta manera: que ya me fue dado mucho, que ellos ya me concedieron todo lo que puede ser concedido; y que otros agentes, muy superiores a mí, también trabajaron para lo que no sabían. Y con las mismas poquísimas instrucciones. Ya me fue dado mucho; esto, por ejemplo: una vez u otra, con el corazón latiendo por el privilegio ¡yo por lo menos sé que no estoy reconociendo!, con el corazón
latiendo de emoción ¡yo por lo menos no comprendo! Con el corazón latiendo de confianza, yo por lo menos no lo sé.

Pero ¿y el huevo? Este es uno del os subterfugios de ellos: mientras yo hablaba del huevo, había olvidado al huevo. “¡Hablad, hablad!” me instruyeron ellos. Y el huevo queda enteramente protegido por tantas palabras. Hablad mucho, es una de las instrucciones, estoy tan cansada.
Por devoción al huevo lo olvidé. Mi necesario olvido. Mi interesado olvido. Pues el huevo es esquivo. Frente a mi adoración posesiva él podría retraerse y no volver nunca más. Pero si él fuera olvidado. Si yo hiciera el sacrificio de vivir solamente mi vida y de olvidarlo. Si el huevo fuera imposible. Entonces –libre, delicado, sin mensaje alguno para mí- quizá una vez aún él se trasladaría del espacio hasta esta ventana que desde siempre dejé abierta. Y de madrugada baje a nuestro edificio. Sereno, hasta la cocina. Iluminándola de palidez.

Traducción de Haydée M. Jofre Barroso

sábado, junio 27, 2009

La partida del tren


[Cuento. Texto completo]
Clarice Lispector



La partida era en la Central con su reloj enorme, el más grande del mundo. Marcaba las seis de la mañana. Ángela Pralini pagó el taxi y cogió su pequeña valija. Doña María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo descendió del Opel de la hija y se encaminaron hacia las vías. La vieja iba bien vestida y con joyas. De las arrugas que la ocultaban salía la forma pura de una nariz perdida en la edad, y de una boca que en otros tiempos debía haber sido llena y sensible. Pero qué importa. Se llega a un cierto punto y lo que fue no importa. Comienza una nueva raza. Una vieja no puede comunicarse. Recibió el beso helado que su hija le dio antes de que el tren partiera. Antes la ayudó a subir al vagón. Aunque en éste no había un centro, ella se colocó de lado. Cuando la locomotora se puso en movimiento, se sorprendió un poco: no esperaba que el tren siguiera en esa dirección y se encontró sentada de espaldas al camino.

Ángela Pralini advirtió el movimiento y preguntó:

-¿Quiere cambiar de lugar conmigo?

Doña María lo rechazó con delicadeza, dijo que no, muchas gracias, a ella le daba lo mismo. Pero parecía haberse perturbado. Se pasó la mano sobre el camafeo afiligranado de oro, pinchado en el pecho, paseó la mano por el broche, la quitó, la llevó hasta el sombrero de fieltro con una rosa de paño, la retiró. Seca. ¿Ofendida? Al final, le preguntó a Ángela Pralini:

-¿Es por mí que desea cambiar de lugar?

Ángela Pralini dijo que no, se sorprendió, la vieja se sorprendió por el mismo motivo: no se reciben atenciones de una viejita. Ella sonrió un poco demasiado y los labios cubiertos de talco se partieron en surcos secos: estaba encantada. Y un poco agitada:

-Qué amabilidad la suya -le dijo-, qué gentileza.

Hubo un movimiento de perturbación porque Ángela Pralini rió también, y la vieja continuaba riendo, mostrando una dentadura bien arenada. Dio discretamente un tirón al cinturón que la apretaba demasiado.

-Qué amable- repitió.

Se recompuso un tanto deprisa, cruzó las manos sobre el bolso que contenía todo lo que se podía imaginar. Las arrugas, mientras reía, habían tomado un sentido, pensó Ángela. Ahora eran otra vez incomprensibles, superpuestas en un rostro otra vez inmodelable. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Ya conocía a muchas jóvenes nerviosas que se decían: si me río un poco lo arruino todo, va a ser ridículo, tengo que parar, y era imposible, la situación era muy triste. Con inmensa piedad, Ángela vio la cruel verruga en la mandíbula, verruga de la cual salía un pelo negro y tieso. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Se daba cuenta de que sonreiría en cualquier momento: Ángela la ponía en ascuas. Ahora era una de esas viejitas que parecen pensar que están siempre atrasadas, que se pasaron de hora. No se contuvo un segundo más, se irguió y espió por su ventana, como si fuera imposible mantenerse sentada.

-¿Quiere levantar el cristal? -le dijo un chico que oía a Haendel en una radio a pilas.

-¡Ah! -exclamó ella, aterrorizada.

¡Oh, no!, pensó Ángela, se estaba arruinando todo, el chico no debía haber dicho eso, era demasiado, no había que tocarla otra vez. Porque la vieja, casi a punto de perder la actitud de la que vivía, casi a punto de perder cierta amargura, temblaba como música de clave entre la sonrisa y el extremo encanto.

-No, no, no -dijo ella con falsa autoridad-, de ningún modo, gracias, sólo quería mirar.

Se sentó inmediatamente como si la delicadeza del chico y de la muchacha la vigilaran. La vieja, antes de subir al tren, se persignó con tres cruces en el corazón, besando discretamente las puntas de los dedos. Llevaba un vestido oscuro con cuello de encaje verdadero y un camafeo de oro puro. En la oscura mano izquierda las dos alianzas gruesas de viuda, gruesas como ya no se hacían. Del otro vagón se oía a un grupo de bandeirantes que cantaban Brasil agudamente. Felizmente, era en el otro vagón. La música de la radio del chico se entrecruzaba con la música de otro, que estaba escuchando a Edith Piaf cantando J´attendrai.

Fue entonces cuando el tren de pronto dio una sacudida y las ruedas se pusieron en movimiento. Comenzó la partida. La vieja murmuró bajo: "¡Ay, Jesús!". Ella se bañaba en la terma de Jesús. Amén. Por la radio a pilas de una mujer se supo que eran las seis y treinta de la mañana, mañana fría, la vieja pensó: Brasil mejora la señalización de sus calles. Un tal Kissinger parecía mandar en el mundo.

Nadie sabe dónde estoy, pensó Ángela Pralini, y eso la asustaba un poco, ella era una fugitiva.

-Mi nombre es María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo, Alvarenga Chagas era el apellido de mi padre -dijo, agregando una petición de disculpas por tener que decir tantas palabras sólo para pronunciar su nombre-. Chagas -añadió con modestia- eran las llagas de Cristo. Pero me puede llamar doña María Rita. ¿Y su nombre? Su gracia, ¿cuál es?

-Mi nombre es Ángela Pralini. Voy a pasar seis meses en la hacienda de mis tías. ¿Y usted?

-¡Ah! Yo voy a la hacienda de mi hijo, me voy a quedar allí el resto de mi vida, mi hija me trajo hasta el tren y mi hijo me espera con el auto en la estación. Soy como un paquete que se entrega de mano en mano.

Los tíos de Ángela no tenían hijos y la trataban como a una hija. Ángela se acordó de la nota que dejó para Eduardo: "No me busques. Voy a desaparecer de tu vida para siempre. Te amo como nunca. Tu Ángela no fue más tuya porque tú no quisiste".

Quedaron en silencio. Ángela Pralini se entregó al ruido cadencioso del tren. Doña María Rita miró de nuevo su anillo de brillantes y perla en su dedo, alisó el camafeo de oro: "Soy vieja pero soy rica, más rica que todos aquí en el vagón. Soy rica, soy rica". Espió el reloj, más para ver la gruesa placa de oro que para ver la hora. "Soy muy rica, no soy una vieja cualquiera." Pero sabía, ah, sabía bien que era una viejita cualquiera, una viejita asustada por las menores cosas. Se acordó de sí misma, el día entero sola en su mecedora, sola con los criados, mientras la hija, relacionista pública, pasaba el día afuera, no llegaba hasta las ocho de la noche, y ni siquiera le daba un beso. Se acordó ese día a las cinco de la mañana, todavía oscuro y hacía frío.

Después de la delicadeza del chico estaba extraordinariamente agitada y sonriente. Parecía más delgada. Cuando se reía, se revelaba como una de esas viejas llenas de dientes. La crueldad dislocada de los dientes. El chico ya se había alejado. Ella abría y cerraba los párpados. De pronto golpeó con los dedos la pierna de Ángela, con extrema rapidez y suavidad:

-Hoy todos están verdaderamente, pero verdaderamente amables, qué gentileza, qué gentileza.

Ángela sonrió. La vieja permaneció sonriendo sin quitar los ojos profundos y vacíos de los ojos de la muchacha. Vamos, vamos, la fustigaban de todos lados, y ella espiaba para acá y para allá como si fuera a escoger. ¡Vamos, vamos!, la empujaban riendo de todos lados y ella se sacudía, sonriente, delicada.

-Qué amables son todos en este tren -dijo.

Súbitamente intentó recomponerse, carraspeó falsamente, se contuvo. Debía ser difícil. Temía haber llegado a un punto donde no podía interrumpirse. Se mantuvo en severidad y temor, cerró los labios sobre los innumerables dientes. Pero no podía engañar a nadie. Su rostro tenía tal esperanza que perturbaba los ojos de quienes la veían. Ella ya no dependía de nadie: una vez que la habían tocado, podían irse, ahora ella sola se irradiaba, magra, alta. Pero todavía quería decir algo y ya preparaba un gesto social de cabeza, llena de gracia previa. Ángela se preguntaba si ella sabría expresarse. Ella pareció pensar, pensar y encontrar con ternura un pensamiento ya todo hecho donde mal y mal podía acoger su sentimiento. Dijo con cuidado y sabiduría de anciana, como si precisara tomar ese aire para hablar como vieja:

-La juventud. La juventud amable.

Rió un poco fingidamente. ¿Iba a tener una crisis de nervios?, pensó Ángela Pralini. Porque estaba tan maravillosa. Pero carraspeó otra vez con austeridad, dio unos golpecitos con las puntas de los dedos como si ordenara con urgencia a la orquesta una nueva partitura. Abrió el bolso, lo revisó hasta encontrar un diario grande y normal, fechado tres días atrás, observó Ángela. Se puso a leer.

Ángela había perdido siete kilos. En la hacienda iba a comer lo que nunca en la vida: guiso de habas y repollo de Minas Gerais, para recuperar los preciosos kilos perdidos.

Estaba tan delgada por intentar acompañar el raciocinio brillante e interrumpido de Eduardo: bebía café sin azúcar sin parar para mantenerse despierta. Ángela Pralini tenía los senos muy bonitos, eran su punto fuerte. Tenía los ojos con ojeras profundas. Ella aprovechaba el silbido aullante del tren para que fuese su propio grito. Era un berrido agudo, el suyo, sólo que vuelto hacia adentro. Era la mujer que bebía más whisky en el grupo de Eduardo. Aguantaba de seis a siete de una vez, manteniendo una lucidez de terror. En la hacienda iba a beber leche grasa de vaca. Una cosa unía a la vieja y a Ángela: ambas iban a ser recibidas con los brazos abiertos, pero una no sabía eso de la otra. Ángela se estremeció súbitamente: quién daría el último día de vermicida al cachorro. Ah, Ulises, pensó ella del perro, no te abandoné porque quisiera, lo que necesitaba era huir de Eduardo, antes que él me arruinase totalmente con su lucidez: lucidez que iluminaba demasiado y lo quemaba todo. Ángela sabía que los tíos tenían remedio contra la picadura de cobra: pretendía entrar de lleno en la floresta espesa y verde, con botas altas y untada con remedio contra la picadura de mosquito. Como si saliera de la carretera Transamazónica, la exploradora. ¿Qué bichos encontraría? Era mejor llevar una espingarda, comida y agua. Y una brújula. Desde que descubrió -pero lo descubrió realmente con espanto- que iba a morir un día, desde entonces no tuvo más miedo a la vida, y a causa de la muerte, tenía derechos totales: lo arriesgaba todo. Después de haber tenido dos uniones que habían terminado en nada, esta tercera que terminaba en amor-adoración, cortada por la fatalidad del deseo de sobrevivir. Eduardo la había transformado: la hizo volver los ojos hacia adentro. Pero ahora miraba hacia afuera. Veía a través de la ventana los senos de la tierra, en las montañas. ¡Existen pajaritos, Eduardo! ¡Existen nubes, Eduardo!, y cuando yo era una niña cabalgaba a la carrera en un caballo desnudo, sin silla. Y estoy huyendo de mi suicidio, Eduardo. Disculpa, Eduardo, pero no quiero morir. Quiero ser fresca y rara como una granada.

Y la vieja fingía que leía el periódico. Pero pensaba: su mundo era un suspiro. No quería que los otros la consideraran abandonada. Dios me dio salud para viajar, sólo. Ttambién soy buena de cabeza, no hablo sola y yo misma me baño todos los días. Olía a agua de rosas mustias y maceradas, era su perfume añejo y enmohecido. Tener un ritmo respiratorio, pensó Ángela de la vieja, era la cosa más bella que quedó desde que doña María Rita naciera. Era la vida.

Doña María Rita pensaba: cuando se hizo vieja comenzó a desaparecer para los otros, sólo la veían por casualidad. Ella ya era el futuro.

Ángela pensó: creo que si encontrara la verdad, no podría pensarla. Sería impronunciable mentalmente.

La vieja siempre fue un poco vacía; bien, un poquito. ¿Muerte? Era raro, no formaba parte de los días. Y aun "no existir" ni existía, era imposible no existir. No existir no cabía en nuestra vida diaria. La hija no era cariñosa. En compensación, el hijo era tan cariñoso, bonachón, medio gordo. La hija era seca, con sus besos rápidos, la relacionista pública. La vieja tenía cierta holganza de vivir. La monotonía, sin embargo, era lo que la sostenía.

Eduardo escuchaba música con el pensamiento. Y entendía la disonancia de la música moderna, sólo sabía entender. Su inteligencia la ahogaba. "Tú eres una temperamental, Ángela", le dijo una vez. ¿Y qué? ¿Qué mal había en eso? Soy lo que soy y no lo que piensas que soy. La prueba de quien soy es esta partida del tren. Mi prueba también es doña María Rita, ahí enfrente. ¿Prueba de qué? Sí. Ella ya tuvo plenitud. Cuando ella y Eduardo estaban tan apasionados uno por el otro que estando juntos en una cama, con las manos unidas, ella sentía la vida completa. Poca gente conocía la plenitud. Y, porque la plenitud es también una explosión, ella y Eduardo cobardemente pasaron a vivir "normalmente". Porque no se puede prolongar el éxtasis sin morir. Se separaron por un motivo fútil casi inventado: no querían morir de pasión. La plenitud es una de las verdades encontradas. Pero el rompimiento necesario fue para ella una ablación, como ocurre a las mujeres a quienes les extraen el útero y los ovarios: vacía por dentro.

Doña María Rita era tan antigua que en la casa de la hija estaban habituados a ella como a un mueble viejo. Ella no era novedad para nadie. Pero nunca le pasó por la cabeza que era una solitaria. Sólo que no tenía nada que hacer. Era un ocio forzado que en ciertos momentos se tornaba doloroso: no tenía nada que hacer en el mundo. Salvo vivir como un gato, como un cachorro. Su ideal era ser dama de compañía de alguna señora, pero eso ya no se usaba y además nadie la creería fuerte a los setenta y siete años, pensarían que era floja. No hacía nada, sólo eso: ser vieja. A veces se deprimía: pensaba que no servía para nada, no servía siquiera a Dios: doña María Rita no tenía infierno dentro de ella. ¿Por qué los viejos, aun los que no tiemblan, sugieren algo delicadamente trémulo? Doña María Rita tenía un temblor quebradizo de música de acordeón.

Pero cuando se trata de la vida, ¿quién nos ampara? Pues cada uno es uno. Y cada vida tiene que ser amparada por esa propia vida de cada uno. Cada uno de nosotros: es con lo que contamos. Como doña María Rita siempre fue una persona común, le parecía que morir no era cosa normal. Morir era sorprendente. Era como si ella no estuviera a la altura del acto de la muerte, pues nunca le había ocurrido hasta ahora nada de extraordinario en la vida que justificara de pronto otro hecho extraordinario. Hablaba y hasta pensaba en la muerte, pero en el fondo era escéptica e incrédula. Pensaba que se moría cuando ocurría un accidente o alguien mataba a alguien. La vieja tenía poca experiencia. A veces tenía taquicardia: bacanal del corazón. Pero sólo eso, y le sucedía desde joven. En su primer beso, por ejemplo, el corazón se desgobernó. Y fue una cosa buena, en el límite con lo malo. Algo que recordaba su pasado, no como hechos sino como vida: una sensación de vegetación en sombra, hierbas, samambayas, culandrillos, frescor verde. Cuando sentía eso otra vez, sonreía. Una de las palabras más eruditas que usaba era "pintoresco". Era bueno. Era como oír el murmullo de una fuente y no saber dónde nacía.

Un diálogo que sostenía consigo misma:

-¿Estás haciendo algo?

-Sí, estoy: estoy siendo triste.

-¿No te molesta estar sola?

-No; pienso

A veces no pensaba. A veces se quedaba sólo siendo. No necesitaba hacer. Ser era ya un hacer. Podía ser lentamente o un poco de prisa.

En el asiento de atrás, dos mujeres hablaban y hablaban sin parar. Sus voces constantes se fundían con el ruido de las ruedas del tren y de las vías.

Doña María Rita había esperado que la hija permaneciera en la plataforma del tren para decirle adiós, pero esto no sucedió. El tren inmóvil. Hasta que arrancó.

-Ángela -dijo-, una mujer nunca dice la edad, por eso sólo puedo decirte que es mucha. Pero a ti (¿puedo tutearte, verdad?) voy a hacerte una confidencia: tengo setenta y siete años.

-Yo tengo treinta y siete -dijo Ángela Pralini.

Eran las siete de la mañana.

-Cuando era joven era muy mentirosa. Mentía muchísimo.

Después, como si se hubiera desencantado de la magia de la mentira, dejó de mentir.

Ángela, mirando a la vieja doña María Rita, tuvo miedo de envejecer y de morir.

Sostén mi mano, Eduardo, para no tener miedo de morir. Pero él no sostenía nada. Lo único que hacía era: pensar, pensar y pensar. Ah, Eduardo, ¡quiero la dulzura de Schumann! Su vida era una vida deshecha, evanescente. Le faltaba un hueso duro, áspero y fuerte, contra el cual nadie pudiera nada. ¿Quién sería ese hueso esencial? Para alejar esa sensación de enorme carencia, pensó: ¿cómo se las arreglaban en la Edad Media sin teléfono y sin avión? Misterio. Edad Media, yo te adoro y tus nubes oscuras y cargadas que desembocaron en el Renacimiento luminoso y fresco.

En cuanto a la vieja, estaba ida. Miraba hacia la nada.

Ángela se miró en el pequeño espejo del bolso. Me parezco a un desmayo. Cuidado con el abismo, le digo a aquella que se parece a un desmayo. Cuando me muera, voy a sentir tanta nostalgia de ti, Eduardo. La frase no resistía la lógica, sin embargo tenía en sí misma un imponderable sentido. Era como si ella quisiera expresar una cosa y expresara otra.

La vieja ya era el futuro. Parecía tener vergüenza. ¿Vergüenza de ser vieja? En algún punto de su vida debería con certeza haber habido un error, y el resultado era ese extraño estado de vida. Que sin embargo no la llevaba a la muerte. La muerte era siempre una sorpresa para quien moría. Tenía, a pesar de todo, el orgullo de no babear ni hacer pipí en la cama, como si esa forma de salud bravía hubiera sido meritoriamente el resultado de un acto de su voluntad. Sólo no era una dama, una señora de edad, por no tener arrogancia: era una viejita digna que de repente tomaba un aire asustadizo. Ella, bueno, ella se elogiaba a sí misma, considerábase una vieja llena de precocidad como una niña precoz. Pero la verdadera intención de su vida, no la sabía.

Ángela soñaba con la hacienda: allí se escuchaban gritos, latidos y aullidos, de noche. "Eduardo -pensó ella para él-, yo estaba cansada de intentar ser lo que tú creías que soy. Tengo un lado malo (el más fuerte y el que predominaba ahora, el que había intentado esconder por ti), y en ese lado fuerte yo soy una vaca, soy una yegua libre que patea en el suelo, soy una mujer de la calle, soy vagabunda, y no una "letrada". Sé que soy inteligente y que a veces escondo eso para no ofender a los otros con mi inteligencia, y que soy una inconsciente. Huí de ti, Eduardo, porque tú me estabas matando con tu cabeza de genio que me obligaba casi a taparme los oídos con las manos y casi a gritar de horror y de cansancio. Y ahora me voy a quedar seis meses en la hacienda, tú no sabes dónde estaré, y todos los días tomaré un baño en el río mezclando con el barro mi propio barro. Soy vulgar, Eduardo, y tienes que saber que me gusta leer historias de folletín, mi amor, oh, mi amor, cómo te amo y cómo amo tus terribles maleficios, ah, cómo te adoro, soy tu esclava. Pero yo soy física, mi amor, yo soy física y tuve que esconder de ti la gloria de ser física. Y tú, que eres el mismo fulgor del raciocinio, entonces no sabía, eras alimentado por mí. Tú, superintelectual y brillante y dejando a todos admirados y boquiabiertos."

-Me parece -se dijo en voz baja la vieja-, me parece que esa joven bonita no tiene interés en conversar conmigo. No sé por qué, pero nadie conversa más conmigo. Aun cuando estoy junto a la gente, nadie parece pensar en mí. A fin de cuentas, no tengo la culpa de ser vieja. Pero no hago daño, y me hago compañía. Y también tengo a Nandino, mi hijo querido que me adora.

"¡El placer sufrido de rascarse!", pensó Ángela. Yo, yo que no voy en esa dirección ni en la otra, ¡soy libre! Estoy quedando más saludable, tengo deseos de decir un desafuero en voz alta para asustar a todos. ¿La vieja no entendería? No sé, ella debe haber parido varias veces. Yo no estoy de acuerdo en eso de que lo cierto es ser infeliz, Eduardo. Quiero gozar de todo y después morir y que me dañe, que me dañe, que me dañe. Sé bien que la vieja es capaz de ser infeliz sin saberlo. Pasividad. Y no entro en eso tampoco, nada de pasividad, quiero tomar un baño desnuda en el río barroso que se parece a mí, ¡desnuda y libre! ¡Viva! ¡Tres vivas! ¡Lo abandono todo! ¡Todo! Y así no soy abandonada, no quiero depender sino de unas tres personas, y el resto es: Buenos días, ¿todo bien? Todo bien. Edu, ¿sabes? Te abandono. Tú, en el fondo de tu intelectualismo, no vales la vida de un perro. Te abandono, entonces. Y abandono el grupo falsamente intelectual que exigía de mí un vano y nervioso ejercicio continuo de inteligencia falsa y apresurada. Fue preciso que Dios me abandonara para que yo sintiera su presencia. Necesito matar a alguien dentro de mí. Tú arruinaste mi inteligencia con la tuya que es de genio. Y me obligaste a saber, a saber, a saber. Ah, Eduardo, no te preocupes, llevo conmigo los libros que tú me diste para "seguir un curso en casa", como querías. Estudiaré filosofía cerca del río, por el amor que te tengo.

Ángela Pralini tenía pensamientos tan hondos que no había palabras para expresarlos. Era mentira decir que sólo se podía tener un pensamiento a la vez: tenía muchos pensamientos que se entrecruzaban y eran diferentes. Sin hablar del "subconsciente" que explota en mí, quiera o no quiera. Soy una fuente, pensó Ángela, pensando al mismo tiempo dónde habría puesto el pañuelo de cabeza, pensando si el cachorro habría tomado la leche que le había dejado, en las camisas de Eduardo, y su extremado agotamiento físico y mental. Y en la vieja doña María Rita. "Nunca voy a olvidar tu rostro, Eduardo." Era un rostro un poco asustado, asustado de su propia inteligencia. Él era un ingenuo. Y amaba sin saber que estaba amando. Iba a quedarse tonto cuando descubriera que ella se había ido, dejando al cachorro y a él. Abandono por falta de nutrición, pensó. Al mismo tiempo pensaba en la vieja sentada enfrente. No era verdad que sólo se pensaba en una sola cosa. Era, por ejemplo, capaz de escribir un talón perfecto, sin un error, pensando en su vida. Que no era buena, pero, en definitiva, era suya. Suya otra vez. La coherencia, no la quiero más. La coherencia es mutilación. Quiero el desorden. Sólo adivino a través de una vehemente incoherencia. Para meditar saqué demasiadas cosas de mí y siento el vacío. Es en el vacío donde se pasa el tiempo. Ella que adoraba una buena playa, con sol, arena y sol. Él está abandonado, perdió el contacto con la tierra, con el cielo. Él ya no vive, existe. El aire entre ella y Eduardo Gomes era de emergencia. Ella se había transformado en una mujer urgente. Es que, para mantener despierta la urgencia, tomaba drogas excitantes que la adelgazaban cada vez más y le quitaban el hambre. Quiero comer, Eduardo, tengo hambre, Eduardo, hambre de mucha comida. ¡Soy orgánica!

"Conozca hoy el supertrén de mañana." Selecciones del Reader´s Digest que ella a veces leía a escondidas de Eduardo. Era como las Selecciones que decían: conozca hoy el supertrén de mañana. Positivamente no estaba conociendo hoy. Pero Eduardo era el supertrén. Súper todo. Ella conocía hoy el súper de mañana. Y no lo soportaba. No soportaba el movimiento perpetuo. Tú eres el desierto, y yo voy a Oceanía, a los mares del Sur, a la isla de Tahití. Aunque estén estragadas por los turistas. Tú no eres más que un turista, Eduardo. Voy hacia mi propia vida, Edu. Y digo como Fellini: en la oscuridad y en la ignorancia creo más. La vida que llevaba con Eduardo tenía olor a farmacia nueva recién pintada. Ella prefería el olor vivo del estiércol por más repugnante que fuera. Él era correcto como una pista de tenis. Además, practicaba el tenis para mantener la forma. En fin, él era un trasto que ella amaba y casi no amaba más. Estaba recobrando en el tren mismo su salud mental. Continuaba apasionada por Eduardo. Y él, sin saber, también lo estaba por ella. Yo que no consigo hacer nada bien, excepto las tortillas. Con una sola mano rompía huevos con una rapidez increíble, y los volcaba en la vasija sin derramar ni una gota. Eduardo moría de envidia de tanta elegancia y eficiencia. Él a veces daba charlas en las universidades y lo adoraban. Ella también asistía, ella también lo adoraba. ¿Cómo empezaba? "No me siento a gusto cuando veo algunas personas que se levantan cuando oyen anunciar que voy a hablar." Ángela siempre tenía miedo que la gente se retirara y lo dejaran solo.

La vieja, como si hubiera recibido una transmisión de pensamiento, pensaba: que no me dejen sola. ¿Qué edad tengo? Ya ni lo sé.

Después, enseguida, vació su pensamiento. Y era tranquilamente nada. Mal existía. Era bueno así, muy bueno. Inmersiones en la nada.

Ángela Pralini, para calmarse, se contó una historia muy calmante, muy tranquila: era una vez un hombre a quien le gustaban mucho las frutas del jabuticabas. Entonces fue hacia un bosque donde había árboles cargados de protuberancias negras, lisas y lustrosas, que le caían en las manos blandamente y que de las manos le caían a los pies. Era tal la abundancia de jabuticabas que se daba el lujo de pisarlas. Y ellas hacían un ruidito muy gracioso. Hacían así: cloc-cloc-cloc, etc. Ángela se calmó con el hombre de las jabuticabas.

En la hacienda había jabuticabas y ella iba a hacer con los pies desnudos el cloc-cloc, suave y húmedo. Nunca sabía si debía o no tragar los carozos. ¿Quién le iba a contestar esa pregunta? Nadie. Sólo tal vez un hombre que, como Ulises, el perro, y contra Eduardo, respondiera: "Mangia, bella, que ti fa bene". Sabía un poquito de italiano pero nunca estaba segura de su sentido. Y después de lo que ese hombre dijera, ella tragaría los carozos. Otro árbol que le gustaba era uno cuyo nombre científico había olvidado pero que en la infancia todos habían conocido directamente, sin ciencia, era uno que en el Jardín Botánico de Río hacía un cloc-cloc sequito. ¿Ves? ¿Ves cómo estás renaciendo? Siete vidas de gato. El número siete la acompañaba, era su secreto, su fuerza. Se sentía linda. No lo era. Pero se sentía. Se sentía también bondadosa. Con ternura hacia la vieja María Rita que se había puesto las gafas para leer el diario. Todo era vagaroso en la vieja María Rita. ¿Cerca del fin? Ay, cómo duele morir. En la vida se sufre más si se tiene algo en la mano: la inefable vida. Pero, ¿y la pregunta sobre la muerte? Era preciso no tener miedo: ir hacia el frente, siempre.

Siempre.

Como el tren.

Y en algún lugar existe una cosa escrita en el muro. Y es para mí, pensó Ángela. De las llamas del Infierno llegará un telegrama fresco para mí. Y nunca más mi esperanza será decepcionada. Nunca. Nunca más.

La vieja era anónima como una gallina, como había dicho una tal Clarice hablando de una vieja desvergonzada, enamorada de Roberto Carlos. Esa Clarice incomodaba. Hacía gritar a la vieja: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una! ¡puerta! ¡de saliiiiida! y la había. Por ejemplo, la puerta de salida de esa vieja era el marido que volvería al día siguiente, eran personas conocidas, era su empleada, era la plegaria intensa y fructífera frente a la desesperación. Ángela se dijo como si se mordiera rabiosamente: tiene que haber una puerta de salida. Tanto para mí como para doña María Rita.

Yo no puedo detener el tiempo, pensó María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo. Fracasé. Estoy vieja. Y fingió leer el diario sólo para recuperar la compostura.

Quiero sombra, gimió Ángela, quiero sombra y anonimato.

La vieja pensó: su hijo era tan bondadoso, tan cálido de corazón, tan cariñoso. La llamaba "madrecita". Sí, tal vez pase el resto de mi vida en la hacienda, lejos de la relacionista pública que no me necesita. Y mi vida será muy larga, a juzgar por mis padres y abuelos. Podía alcanzar, fácil, fácil, los cien años, pensó confortablemente. Y morir de repente para no tener tiempo de sentir miedo. Se persignó discretamente y pidió a Dios una buena muerte.

Ulises, si tu cara fuera vista bajo el punto de vista humano, serías monstruoso y feo. Era lindo desde el punto de vista perro. Era vigoroso como un caballo blanco y libre, sólo que era castaño suave, anaranjado, color whisky. Pero su pelo es lindo como el de un enérgico y empinado caballo. Los músculos del pescuezo eran vigorosos y se podían tocar con manos de dedos sabios. Ulises era un hombre. Sin dejar de ser un perro. Era delicado como un hombre. Una mujer debe tratar bien al hombre.

El tren entrando en el campo: los grillos gritaban agudos y ásperos.

Eduardo, una vez, sin gracia, como quien se ve forzado a cumplir una función, le dio de regalo un gélido diamante. Ella hubiera preferido brillantes. En fin, suspiró ella, las cosas son como son. A veces, cuando miraba desde lo alto de su apartamento, tenía deseos de suicidarse. Ah, no por Eduardo, sino por una especie de fatal curiosidad. No se lo contaba a nadie, por miedo de influir en un suicida latente. Ella quería la vida, la vida plana y plena, bonita, leyendo los artículos de Selecciones. Quería morir sólo a los noventa años, en medio de un acto de vida, sin sentir. El fantasma de la locura nos ronda. ¿Qué es lo que haces? Estoy esperando el futuro.

Cuando finalmente el tren se puso en movimiento, Ángela Pralini encendió el cigarrillo en aleluya: tenía miedo de que cuando el tren partiera, no tuviera el coraje de irse y terminara por bajar del vagón. Pero ya estaban sujetos los amortiguadores y las ruedas daban repentinos sobresaltos. El tren marchaba. Y la vieja María Rita suspiraba: estaba más cerca del hijo amado. Con él podría ser madre, ella que era castrada por su hija.

Una vez que Ángela tuvo dolores menstruales, Eduardo intentó, sin mucha gracia, ser cariñoso. Y le dijo una cosa horrorosa: estás enferma, ¿no? Se ruborizaba de vergüenza.

El tren corría cuanto podía. El maquinista feliz: así era bueno, y pitaba a cada curva del camino. Era un largo y grueso silbido de tren en marcha, ganando terreno. La mañana era fresca y llena de hierbas altas y verdes. Así, sí, vamos hacia adelante, dijo el maquinista a la máquina. La máquina respondió con alegría.

La vieja era nada. Y miraba hacia el aire como se mira a Dios. Estaba hecha de Dios. Es decir: todo o nada. La vieja, pensó Ángela, era vulnerable. Vulnerable al amor, al amor de su hijo. La madre era franciscana, la hija polución.

Dios, pensó Ángela, si existes, ¡muéstrate! Porque llegó la hora. Es esta hora, este minuto y este segundo.

Y el resultado fue que tuvo que ocultar las lágrimas que le vinieron a los ojos. Dios de algún modo le respondía. Ella estaba satisfecha y se tragó un sollozo ahogado. Vivir dolía. Vivir era una herida abierta. Vivir es ser como mi cachorro. Ulises no tenía nada que ver con el Ulises de Joyce. Intenté leer a Joyce pero no seguí porque era pesado, disculpa, Eduardo. Sé que es un pesado genial. Ángela estaba amando a la vieja que era nada, la madre que le faltaba. Madre dulce, ingenua y sufriente. Su madre que murió cuando ella tenía nueve años; aun enferma, pero viva, servía. Aun paralítica, servía.

Entre ella y Eduardo el aire tenía gusto de sábado. Y de pronto los dos eran raros, la rareza en el aire. Ellos se sentían raros, no formando parte de las mil personas que iban por la calle. Los dos a veces eran cómplices, tenían una vida secreta porque nadie los comprendía. Y también porque los raros son perseguidos por la gente que no toleran la insultante ofensa de los que se diferencian. Escondían su amor para no herir a los otros con la envidia. Para no herirlos con una estrella demasiado luminosa para los ojos.

Au, au, au, ladrará mi cachorro. Mi gran cachorro.

La vieja pensó: soy una persona involuntaria. tanto que, cuando reía -lo que no ocurría a menudo-, nadie sabía si reía o lloraba. Sí. Ella era involuntaria.

Mientras tanto, Ángela Pralini se sentía efervescente como las gotitas de agua mineral Cachambú: de repente. Así: de repente. ¿De repente qué? Sólo de repente. Cero. Nada. Tenía treinta y siete años y pretendía a cada instante comenzar la vida. Como las gotitas efervescentes del agua Cachambú. Las siete letras de Pralini le daban fuerza. Las seis letras de Ángela la volvían anónima.

Con un largo silbido aullante se llegaba a la pequeña estación donde Ángela Pralini descendería. Cogió su valija. En el espacio entre la gorra del empleado y la nariz de una joven, estaba la vieja durmiendo inflexible, con la cabeza tiesa bajo el sombrero de fieltro, una mano cerrada sobre el diario.

Ángela bajó del vagón.

Naturalmente, eso no tenía la menor importancia: hay personas que siempre se arrepienten, es un rasgo de ciertas naturalezas culpables. Pero la dejó perturbada la imagen de la vieja cuando despertara, la visión de su rostro espantado frente al banco vacío de Ángela. Al fin, nadie sabía si se había adormecido por confianza en ella.

Confianza en el mundo.

No te salves